sábado, 8 de marzo de 2014

Líneas

En una intersección se encontraron dos líneas, al verse ambas sintieron que había algo familiar entre ellas, no obstante se saludaron coloquialmente.
En aquel cruce estaban retenidas, había un colapso, con lo que debían esperar por un espacio indeterminado de tiempo.
La más extrovertida de ellas comenzó a dar su opinión, intentando entablar una conversación.
-¡Aquí estamos! ¡No sabemos por cuánto tiempo!
Sin embargo sus exclamaciones no rompieron el silencio de la otra línea, esta tan sólo hizo una mueca que no determinó si estaba de acuerdo o no.
La extrovertida volvió a la carga, se aburría, le parecía una pérdida de tiempo el no conversar, así que fue directa a volver a intentarlo.
-¿De dónde vienes? –le preguntó con tono alegre.
-De lejos –le respondió secamente.
-Está bien, pero dame más detalles. ¿Por dónde has pasado? ¿Cómo era? ¿Qué hay más allá de la cordillera que envuelve este gran valle?
-He visto paisajes con extensas llanuras, ríos caudalosos, bosques, lagos, campos cultivados, diversos mares, zonas húmedas, zonas secas, tropicales, heladas, desérticas,…
-¡Vaya! Sí que has visto mundo. Yo no he salido de este valle. Lo veo cambiar con las estaciones, pero, nada más, aunque lo más importante es como veo a las personas ir madurando. Al pasar por los mismos sitios cada cierto tiempo observo sus vidas y me divierto intentando adivinar cómo serán la siguiente vez que vuelva a pasar. Es lo que tengo, soy una línea curva y siempre me muevo por los mismos contornos.
-Pues yo –comentó la otra línea-, no vuelvo a ver la misma gente y los paisajes se me asemejan diferentes, tardo un espacio de tiempo enorme en volver a pasar por el mismo sitio. Soy la línea recta.
Las dos líneas pasaron mucho tiempo en aquella intersección. Tuvieron tiempo de conocerse, de explicarse sus vivencias, sus deseos, sus sueños.
Sin darse cuenta ese proceso las llevó a enamorarse, la atracción fue la conductora para que intimasen y algunos de sus puntos se entremezclaron.
De ahí surgieron las líneas onduladas.

martes, 4 de marzo de 2014

Licor clandestino

El resplandor de las llamas iluminaba la oscura noche sin luna, era visible a varias millas a la redonda. Sabía de antemano que eso podía llegar a ocurrir y aquella noche estaba aconteciendo, era el precio que tenía que pagar por no acceder a vender el licor que destilaba al grupo de Chicago, les había dicho que no, querían una rebaja en los precios, mi contestación les sorprendió, les dije que si lo querían más barato se lo hicieran ellos. Ahora estaba viendo su respuesta con el clamor del fuego. Lástima de cobertizo, la de botellas que había llenado en aquel lugar. Me habían hablado de lo salvajes que eran en Chicago, pero no me imaginé que tanto. Mi Jane (que era como llamaba a mi alambique) era pasto del fuego, junto con todo lo demás. No tenía producto hecho, hacía tres días que había vuelto de haber vendido la producción en New York.  Mi licor era bueno, muy bueno, y eso tenía un valor y un prestigio reconocido, la clave era la moderación del grado alcohólico y su refinada elaboración. Podía alejarme más de Chicago, pero me encontrarían, la fama de mi licor me precedía. Sólo tenía tres opciones:
1) Ir a hablar con el mandamás de aquella escoria y llegar a un acuerdo, desventajoso para mí.
2) Pedir protección a los grupos de Louisiana, Florida o New York, lo que me supondría un alto coste.
3) Parar de fabricar y alejarme de aquellos contornos.
El maizal que separa la casa del cobertizo proyectaba unas largas sombras que llegaban al porche, casi me alcanzaban, parecía que deseaban entrar dentro de la casa.
-¿Qué hacemos Athur? –me preguntó Terézia. Estaba en su noveno mes de embarazo, sus movimientos eran pausados, costosos. 
Lo tuve claro en aquel momento. Debíamos irnos.
-Ponernos a salvo –le dije con dulzura, al mismo tiempo que le besaba la mejilla. 
Entré y preparé lo imprescindible para llevarnos. Cargué la camioneta y nos alejamos de aquel lugar. Tenía dinero, procedente de las ventas de la semana anterior y de lo que había estado guardando. 
Hasta ahora las autoridades de aquel condado no se habían percatado de aquella destilería, pero ahora lo buscarían para reclamar su parte. 
Tomé rumbo al norte, donde no me buscarían, no se les ocurriría pensar que iba a pasar cerca de Chicago, luego me desviaría al este, cuando Terézia diera a luz y pasado un tiempo prudencial nos iríamos al oeste, a Los Ángeles, buscaría un local con la vivienda encima y allí veríamos que podíamos hacer.
Hacía veinte días que habíamos celebrado el comienzo del año 1925, sabiendo que nuestras vidas cambiarían, pero sólo habíamos pensado que el cambio se debería a la llegada del bebé y ahora… Bueno, los dos estábamos bien y juntos.
Terézia se apoyó en mí, tapada con una manta buscaba sentirse cómoda para dormirse. En su estado debía conducir con cuidado y tendría que hacer bastantes paradas, pero no me importaba. Nos cambiaríamos los apellidos, había uno que me gustaba, Newman, supongo que mi parte judía lo encontraba idóneo. Luego pensé en los nombres que me había dicho ella para el bebé, si era niña le gustaba Rachel y en niño deseaba llamarlo Paul, Paul Leonard, el segundo nombre era el de su abuelo. En cuanto entrase en el estado de Michigan giraría hacía al este y más tarde al sur, y nos quedaríamos en Ohio.
 Eso iba pensando mientras avanzábamos solitariamente por aquellos parajes, en aquella inquietante noche.

sábado, 11 de enero de 2014

La escapada

Me desperté al notar que no podía respirar. ¡Algo me oprimía!
Al abrir los ojos vi que tenía a una mujer sobre mí, sus manos estaban sobre mi pecho.
Automáticamente me incorporé.
La mujer seguía sentada en la cama, al verme su rostro denotó sorpresa y salió rápidamente a través de la pared.
Iba a salir en pos de ella cuando me fijé en la cama. Mi cuerpo seguía allí, aquello me preocupó.
Nuevamente me había desdoblado.
Cerré los ojos e intenté volver a ser uno con mi cuerpo.
El vértigo que sentí me hizo saber que lo había conseguido.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La excursión


Unas dos veces al año clasifico la ropa del armario, una cuando comienza el calor y la otra vez cuando empieza el frío.
Aunque los últimos años el tiempo no es puntual, no se ajusta a los cambios estacionales. Ahora mismo es noviembre, voy con camiseta y suéter y la mayoría del día estoy acalorado. No obstante me he entretenido en preparar ropa de más abrigo ante la inminente bajada de temperaturas, según dicen los meteorólogos que anuncian el tiempo por la televisión. Tengo mis dudas sobre las previsiones que hacen, pero, por la época toca menos calor.
Al repasar las chaquetas que están colgadas en el atestado armario, me fijé en una percha que estaba sin prenda. ¡Qué extraño! Debajo de todas apareció una chaqueta que no me ponía desde hacía años, se debía de haber caído, y allí se había quedado, camuflada, arrugada.
Tras el primer repaso ocular, me doy cuenta de que no le falta ningún botón, no tiene manchas y espero que colgándola bien no aparezcan las arrugas que he ido quitando al estirar la chaqueta.
Por el bolsillo superior asoma algo de color azul.
¡Qué sorpresa! Unos billetes del ‘Tramvia Blau’, cuatro.
 

 




Una sonrisa se dibuja en mi cara al recordar aquel día, deben haber pasado cuatro años, o tal vez tres, no estoy seguro.
Lo cierto es que aquella excursión fue completa, familiar, y con anécdota.
Pero aquel día no llevaba chaqueta. Debí de haber guardado allí los billetes para usar en otra ocasión, después de todo debían servir para la bajada.
Numerosas imágenes comienzan a agolparse en mi mente, recuerdos, pero, ¿cómo fuimos?, ¿cómo acabamos andando? Ya sé…

…hacía unos días que estaba planeando ir al Tibidabo, era el mes de julio, como trabajaba tendríamos que ir el fin de semana. Tras comentar en casa, primero con mi esposa y luego con las niñas se decidió ir el domingo. Normalmente los domingos hay más público, con lo que hay que pasar más tiempo haciendo cola en las atracciones, pero teníamos a favor que recién llegado el calor la gente seguramente iría a la playa. Además podría aparcar en la zona azul sin pagar (en algunas zonas de la ciudad los domingos es gratis). Con lo que pensé de llegar en coche hasta el final de la calle Balmes, coger el Tramvia Blau hasta la Plaza Doctor Andreu y allí subir con el funicular hasta el parque de atracciones del Tibidabo.
Iba a ser una buena excursión, las niñas iban a pasar un magnífico domingo y nosotros los padres subiríamos con ellas en algunas atracciones, comeríamos bocadillos en alguno de los bares y no tendríamos que ir cargados.
Dentro del parque comenzamos por la atracción del carrusel o tío vivo, como muchas personas mayores lo llaman, luego fuimos al aéreo que está al lado, la vista de Barcelona es impresionante, la atracción es muy divertida, entras en túneles oscuros, sales a la calle, vuelves a entrar en otro túnel…
Pasamos un gran día, en el parque. Me parece que nos quedaron pocas atracciones por subir. Estuvimos en el castillo misterioso, el diávolo, las montañas rusas, el museo de autómatas, la sala de los espejos, el tren (donde todos gritábamos cuando atravesábamos un pequeño túnel), la barca de los troncos en el agua, el barco pirata, el barco vikingo…
Comimos en el bar cerca del castillo.
Nos fuimos cuando el parque estaba a punto de cerrar.
Tuvimos suerte y nos pusimos en el funicular delante de todo. Sólo hay una vía, y a medida que desciendes ves venir a otro funicular de cara. Recuerdo que intenté asustar a mis hijas con un posible choque. Ana estuvo rápida, me indicó que en el centro del recorrido la vía tiene un círculo que hace desviar cada funicular para no chocar y luego vuelven a la vía principal.
¡Lástima! A Lucía ya la tenía preocupada, pero su hermana se encargó de tranquilizarla.
Tras bajar del funicular nos encaminamos a la parada del tranvía.
Un cartelito en la parada nos indicaba que el último tranvía hacía veinte minutos que había pasado.
¡Nos enfadamos! Cómo se le ocurre al ayuntamiento no sincronizar los horarios del parque con los transportes públicos.
¡El coche lo teníamos a más de un kilómetro de allí!
Estábamos cansados, todo el día en el parque arriba y abajo, el calor. Había hecho que anheláramos sentarnos en nuestro coche. Sabía que ellas descansarían, y posiblemente al momento del trayecto de vuelta a casa lo harían durmiendo.
Propuse de ir yo a buscar el coche y que ellas me esperasen allí, en la plaza. Pero decidieron bajar conmigo, ya que era cuesta abajo y el recorrido no era superior a un kilómetro y medio. Al paso que íbamos calculé que como mucho tardaríamos veinte minutos, así se lo dije a ellas. Me preocupé por mi mujer, pero ella (Carmen) me dijo que estaba bien y de que no había ningún problema.
Las demás personas que habían bajado con nosotros en el funicular ya se habían ido, unos en coche, en moto, caminando, sólo quedábamos nosotros.
Nada más comenzar a caminar, dejando la plaza y entrar en la avenida Tibidado, algo llamó nuestra atención, algo se movía tras las rejas que daban a la arboleda.
¡Un jabalí!
Estaba dando cuenta de un bocadillo que alguien había lanzado en aquel lugar. No era muy grande, pero si lo suficiente para que nos mantuviéramos algo alejados, aunque el enrejado nos dio tranquilidad.
Observamos cómo sin ningún tipo de preocupación por parte del jabalí, paseaba por aquel recinto buscando comida, no le importaba en absoluto nuestra presencia.
La luz del día comenzaba a menguar, nuestro cansancio era más que evidente y con asombro por lo que habíamos visto, continuamos bajando hasta nuestro coche.

No sé si mis hijas se acuerdan de aquel día, yo por si acaso, como testimonio de aquel encuentro tomé una fotografía.

domingo, 30 de junio de 2013

El curso

Hace cinco meses que comencé el curso de Dietética y Nutrición, intentaré analizar los pros y los contras (si los hay) de la información obtenida.

Físico: Al poco de empezar dejé de tomar leche, la he suplido por infusiones. Intento llevar una dieta equilibrada. Tomo más alimentos alcalinos. He bajado bastante las proteínas animales. He aumentado el consumo de verduras, fruta y cereales.
Balance físico: Mi peso ha descendido un 10%. He de añadir que cada día camino o me muevo en bicicleta como mínimo 20 minutos.

Mental: He cogido ritmo. El leer, el intentar recordar, asimilar datos, ubicarlos, da una sensación a veces de pánico, pero al serenarme me doy cuenta de que la información fluye por mi memoria. Me alivia y entonces los datos comienzan a brotar, pero también soy consciente de todo lo que no sé.
Balance mental: Bueno, favorable, una mente inquieta te hace buscar más datos, más información, ampliar lo que intuyes.

Emotivo: He mejorado el humor, siento paz, me encuentro menos preocupado (o lo llevo mejor, que puede ser). El curso ha hecho que pueda darle la vuelta a los sentimientos como si se tratasen de un reloj de arena, al día de hoy son diáfanos, esperanzadores, cálidos. Ha ayudado el conocer a personas que están en situaciones parecidas a la mía. Gracias. Supongo que con algunas de ellas seguiré en contacto y eso me alegra.
Balance emotivo: Genial, ha aumentado la alegría y ha bajado el desespero.

Para recordar: Puedo estar ‘parado’ pero no quieto, ni a nivel físico, ni a nivel mental, ni a nivel emotivo, ni a nivel de iniciativas, ni a nivel de creatividad. Espero no olvidarlo.

viernes, 10 de mayo de 2013

Pamplona, 10 de Julio de 1929

La noche había pasado rápida.
Canciones, a capela algunas, otras acompañadas con guitarra, habían hecho que aquel variopinto grupo se sintieran hermanados, además no habían parado de comer jamón, queso, chistorra y en cuanto al vino, la cantidad de botellas vacías que se amontonaban en la trastienda daba una clara estampa de la ‘alegría’ y entusiasmo de los congregados.
Hasta aquella noche habían sido desconocidos entre ellos, sólo tenían en común sus vestimentas, la mayoría de blanco y con pañuelos rojos en el cuello.
El camarero les indicó que les podía servir la última ronda, la cual iba por cuenta de la casa.
Todos a una entonaron su nombre, añadiendo que era el mejor.
Al salir pudieron ver cómo la noche se disipaba con la luz del amanecer.
Ruth una de las mujeres tomó de la mano a un hombre y le susurró al oído que la acompañara al hotel.
El hombre la besó en los labios y le preguntó el nombre del hotel y la habitación, es que, añadió, ahora tengo que ponerme ropa limpia e ir al Gran Hotel La Perla, estoy invitado a ver el encierro desde el balcón de la habitación 217, después será un placer despertarte, palabra de Ernest.

Iris

Después de llevar un rato corriendo, mi mente se tranquilizó y pude empezar a apreciar el paisaje, inerte, mono-colorido, encajaba con aquellos parajes, me sentía solo, abrupto.
Comenzaba a arrepentirme de haber tomado aquella habitación en el motel, me había citado con la bibliotecaria del campus, pero ella no había aparecido, despechado y triste lo único que se me ocurrió era salir a correr.
¡Iris! ¡Iris! Su nombre no dejaba de resonar en mi cabeza mientras corría.
Nos habíamos conocido en la biblioteca, me tenía al corriente de las publicaciones que llegaban relacionadas con la materia que impartía. Así comenzó nuestra amistad. Luego comentábamos noticias y la confianza dio paso a gastarnos pequeñas bromas, explicarnos anécdotas y a conversaciones sobre diferentes temas.
Era culta, inteligente, irónica en ocasiones, y solía pasar casi todos los días, a consultar, a leer, a repasar, estaba allí más tiempo que en mi despacho.
Siempre la había visto con el cabello recogido, menos ayer.
Llegué cuando iba a cerrar, en una de las bandejas de su mesa estaban las últimas revistas que habían llegado, cada viernes las recogía, cuando empecé a hojearlas, su voz hizo que me girase.
-Un poco más y no llegas hoy  -me dijo.
Cuando la vi me quedé atónito.
Su triguero cabello lo llevaba suelto, su sonrisa era amplia, diáfana y no pude más que fijar mi mirada en sus pupilas.
-¿Estás bien? –me preguntó mientras se aproximaba.
 Noté su perfume, ese aroma tan conocido por mí, floral, fresco.
Acerqué mis labios a los suyos y la besé, el impulso había sido sin premeditar, espontaneo, pensé que me había equivocado…hasta que ella me devolvió el beso.
-Ahora sé por qué vengo. ¡Tú!
-Pues has escogido para decírmelo un día que tengo prisa. Tengo que recoger a mi madre e ir al hospital donde operan a mi tía, no es grave, cataratas, pero luego estaremos con ella en su casa.
-Mañana estaré en el Motel Edward, tendré una habitación doble, no está lejos y tal vez podrías venir a comentar las publicaciones hasta altas horas de la noche.
Sonrió. Vaya, como le brillaron los ojos.
-Procuraré ir, todo sea por ayudarte a ilustrarte –me dijo mientras salíamos.
Subió a su coche y me dijo adiós con la mano.
Me quedé en la puerta, estático, viendo como se alejaba.
Eso fue ayer.
Volvía de mi carrera, cuando comencé a divisar el motel, me pareció ver en el aparcamiento su coche. Me enfadé conmigo mismo por no recordar su matrícula, ¿sería el de ella? ¿no? Empecé a sentirme nervioso, mi ritmo aumentó, me encaminé rápidamente hacía la habitación, noté el frenetismo de mis latidos cuando abrí la puerta.
Esa imagen perdurará en mi memoria. ¡Allí estaba ella! Esperándome sentada en la cama delante de los grandes ventanales.
No había duda, estaba loco por ella, debía de decírselo, tenía tantas cosas para compartir…