No sabía
cómo había llegado allí, pero, eso se me olvidó al instante.
Lo que estaba viendo atrajo toda mi atención.
En el claro de aquel inmenso jardín había un hombre delante de una especie de
mesa de trabajo, sus ropas no eran coloquiales, parecía ir vestido como en la
edad media, pero también podía ser de otra civilización, llevaba una camisa de
un celeste pálido, aquel color me recordaba el cielo de la mañana cuando está
libre de nubes, la camisa no tenía botones y el cuello de la prenda tenía un pequeño
reborde salvo por la parte delantera, que tenía forma de semicírculo.
Me fascinaron los reflejos que se veían en aquella ropa cuando se movía,
inexplicablemente apreciaba brillos azules, rojos, amarillos, eran los colores
básicos.
El hombre estaba manipulando objetos que había sobre la mesa.
Me encontraba de frente a él y me fui acercando sin ningún temor, como si lo
conociera, como si…Por mucho que intenté ubicarlo en alguno de mis recuerdos la
búsqueda fue infructuosa, me miró y sonrió, después siguió entretenido en aquellas
cosas.
-¡Hola! –le dije al acercarme, lo saludé con alegría sin saber bien el porqué,
fue algo natural.
-Hola, enseguida estoy contigo.
Él seguía haciendo manipulaciones y eso me permitió contemplar la mesa y los
objetos con detalle.
La mesa era circular, gruesa, de madera, tenía círculos concéntricos, sin duda
estaba cortada del tronco de algún árbol, el cual debió ser grande y grueso ya
que el diámetro de la mesa sobrepasaba el metro. En los círculos, entrelazado
entre ellos se veía el símbolo de infinito. Aquella mesa era realmente curiosa.
Después miré los objetos, había un recipiente con agua, al fijarme con
detenimiento observé sus olas llegando a la orilla, su agitación, sus
corrientes, estaba viendo los movimientos de un océano. Perplejo y asombrado
seguí mirando, separada de aquel recipiente había una varita de forma cónica,
nudosa, brillante, en su extremo más fino, a su alrededor minúsculas
salamandras doradas emitían destellos luminosos. En el centro de la mesa había
una esfera, la cual… ¡levitaba! Estaba fascinado.
Más recipientes estaban sobre la mesa, algunos con minerales, otros con
vegetales, otros con polvo de colores.
El hombre estaba combinando aquellos elementos en un vaso medidor, cuando hubo
acabado de añadir cogió la varita y la agitó dentro del vaso, la luz y el calor
que emitieron las salamandras hizo que el contenido del vaso se volviera
liquido, ligándose, convirtiéndose cada parte en parte de un todo, en armonía.
Aquella pasta liquida resultante la fue volcando en unos cuadros cóncavos
rectangulares, al momento se solidificaron formando unas brillantes láminas de
oro.
La expresión de incredulidad de mi rostro hizo reír al hombre, al verlo tan
alegre daba la sensación de que fuera más joven de lo que físicamente
aparentaba, según mi apreciación su edad debía rondar los cuarenta años, no más
pensé, sin embargo no podía afirmarlo, las cosas que allí están viendo eran
ilógicas o poco frecuentes en mi mundo.
-¿Has oído hablar de los elementos? –me preguntó.
-Algo he escuchado, pero desconozco que sea lo correcto –le respondí.
Volvió a reír, se lo estaba pasando bien con mi ignorancia. Cuando recuperó la
seriedad comenzó su explicación.
-Los cuatro elementos son Fuego, Agua, Aire y Tierra, su combinación armónica
nos puede deparar resultados idóneos. Hay que saber su proceso, es vital, lo
podemos aprender para efectuarlo en nosotros mismos y en lo que nos rodea. El
equilibrio, la armonía en el proceso ha de darnos la medida de cada elemento,
luego el trabajo necesario para que todo encaje será la pauta que nos dará el
tiempo necesario para que fragüe.
-Hablas como si explicases un proceso químico –le dije algo molesto, ya que
estaba irritado conmigo mismo por mi desconocimiento de aquello.
Debió de imaginar o de saber mi manera de pensar ya que me habló de una manera
paternal.
-No te enfades, tan sólo no lo recuerdas, por eso estás aquí.
Mi humor cambió, de sentirme estúpido cambié a desear ser un alumno, algo
impaciente, con lo que me pregunté si no estaba volviendo a la estupidez, así
que decidí estar atento.
-El Fuego has de asociarlo a la voluntad, a la chispa primigenia, al principio,
lo que hará posible el comienzo. Es en sentido metafórico, así como la
explicación de los demás elementos, luego, si nos da tiempo pondré ejemplos del
defecto o exceso de cada parte.
Cogió la varita y la puso en mis manos, las salamandras encendidas giraban en
torno a ella. Tras dejarla en la mesa prosiguió con su enseñanza.
-El agua debes asociarla a los sentimientos, en tu mundo más de la mitad de tu
peso es agua. La turbulencia de tus aguas dependerá de la calidad de lo que
sientas, de lo que ames, de lo que odies, de lo que temas. Trabaja para que tus
aguas sean nítidas y te aseguro que sentirás la Paz, la Paz de un océano en
calma de aguas tranquilas y claras.
Me señaló el recipiente que contenía agua, estaba tranquilo, transparente, por
un momento al observarlo sentí su frescor en mi interior.
-El aire, tan necesario, separa el fuego del agua, reconcilia, da y quita
argumentos. Asócialo al pensamiento, al raciocinio. Ha de ser libre, frío,
equilibrante, debe de calcular todas las posibilidades, no ha de dejarse
embaucar, tiene que ser independiente.
Miró a su alrededor y me dio a entender que el aire estaba rodeando todo,
necesario para respirar, vital para la vida en la mayoría de las especies.
-La Tierra es el cuarto elemento, es donde se materializa el proyecto de la
combinación de los otros elementos. Una buena tierra dará buenos frutos,
siempre y cuando la semilla que plantemos en ella sea de calidad. La Tierra es
terca, no le gustan los cambios, no le gusta el elemento fuego, sabe que la
atosigará para realizar otra ordenación, otro proyecto. Se lleva bien con el
agua y con el aire a veces, ya que en algunas ocasiones no quiere atender a
razonamientos, le gusta estar como está y de ahí surge la aversión a los
cambios.
Un sonido intermitente y molesto me hizo abrir los ojos.
Enojado apagué el despertador.
Todo aquello lo había soñado.
Me costó levantarme, de buena gana me hubiera vuelto a dormir e intentar seguir
con aquel sueño.
Ya en la calle, en la parada del autobús una joven repartía hojas
publicitarias, de forma mecánica cogí uno de los papeles, al mirarlo acaparó mi
atención uno de los dibujos, me recordaba al hombre del sueño, era de una
lámina del Tarot, en su parte inferior, en letras grandes se podía leer: EL
MAGO.
Curiosidad: El Mago es la carta número 1 y el cuento (sin el titulo) consta de 1111 palabras.