Este es un "blog" de poesías, de historias, de microrrelatos, ... Algunas narraciones surgen al estar mi imaginación en libertad, pero otras las vivo o he vivido, mientras las estaciones y las lunas trazan con el tiempo perfectos círculos, qué tras completarse se difuminan dejando recuerdos y al mismo tiempo da comienzo un nuevo trazado de trescientos sesenta grados, el cual nos brinda la oportunidad ventajosa de poder mejorar o por lo menos igualar el itinerario anterior.
miércoles, 5 de julio de 2017
lunes, 26 de junio de 2017
Encajáis
En ocasiones los
embates
que nos otorga el
camino,
hace que tras ellos, algunas
personas
se encuentren
desplazadas
al contemplar el
devenir de los demás.
Caminan con desgana
en el corazón
pensando que la culpa
es de ellas,
y eso… no es cierto.
Sienten que sus
esperanzas
se difuminan encerradas
en algún sitio
desconocido.
Intentan contra
corriente
encontrar esa llave liberadora
la cual junto a sus
sueños
y a ese invisible
coraje
que sin ser ellas
conscientes
les acompaña cada
día.
Se refugian en sus
soledades
con inventadas
armaduras
que las hagan invisibles
ya que creen que no
son
parte de ningún
mundo,
y eso… no es cierto.
En ellas (en
vosotras),
existen de siempre
los colores primarios
con los que podéis
inventar
la tonalidad
necesaria
para que sin ninguna
duda
encajéis donde
vuestros pasos
os lleven, aunque sea
despacio.
¡Vosotras encajáis!
Tenéis el azul del
firmamento
para que vuestros
sueños
no tengan medida,
el rojo para que la
energía
corra por vuestro
cuerpo de barro,
el amarillo para que
brilléis
y podáis transmitir
la calidez
que en vuestro
interior
lucha por fluir
ayudando a las frías
piedras
a emanar calor de
hogar.
Escondido está el
color blanco,
el que es vuestra
conciencia;
no lo cubráis, pues
os ayudará
a despejar los espacios
oscuros.
¡Vosotras encajáis!
De eso nadie tiene
duda.
Entonces,
¿por qué dudáis
vosotras?
![]() |
| El primer dibujo. |
viernes, 2 de junio de 2017
La protagonista de la novela aprende a meditar y en uno de sus ejercicios se "cuela" en una de las cartas del tarot ...
El enamorado.
La carta era la número seis, estaba
escrito arriba en números romanos, en la parte inferior ponía ‘El enamorado’,
la lámina representaba en su centro a un hombre. A cada lado del hombre
había una mujer, las dos mujeres se parecían pero no eran iguales, aunque sus
vestidos se asemejaban mucho. Por encima del hombre un ángel parecido a Cupido,
con un arco y una flecha.
Tal y como había aprendido en el libro,
tomé aire e intenté poner mi mente en blanco, cerré los ojos y me concentré en
visualizar las imágenes de la carta.
Sin darme cuenta me introduje en el
grabado, sus ocupantes me parecieron reales y comencé a interactuar con ellos.
En las mujeres, al contemplarlas con
detalle, diferencié sus rasgos, una era más joven que la otra, también su ropa
se veía más jovial y además ella sonreía, la otra dama era de aspecto más
severo, e iba vestida concorde a su seriedad. El ángel nos miraba a las tres,
en especial a mí.
-¿Qué camino eliges? -me preguntó el
ángel.
-Lo siento, pero es que no sé cuál es el
idóneo -le contesté.
-Has llegado a este cruce de caminos y
ahora tienes que elegir hacia dónde quieres ir.
-Desconozco hacia dónde llevan -le
contesté con algo de preocupación.
-Estas mujeres representan lo espiritual
y lo material, elige hacía dónde quieres encaminarte, si eliges el camino
material toda tu existencia estará enfocada a obtener los placeres mundanos,
los frutos de la materia; en cuanto al espiritual te llevará a contemplar lo
invisible, a ser consciente de tu propio ser interior.
-El espiritual -le respondí sin dilación.
-Así sea -dijo, tensó su arco y me lanzó
una flecha, la cual se desvaneció al llegar a mí.
...
viernes, 14 de abril de 2017
Mirando al oeste
El oeste atrae miradas melancólicas
mucho antes que el sol
lo traspase llevándose su esplendor.
Luego, cuando la tupida penumbra
caiga envolviendo horizontes,
suspiraremos al sentir que es la hora
de recogernos en nuestros interiores
entre felpas y algodones, para soñar,
con amaneceres en el arco iris
y mediodías de aguas trotando,
mientras una fresca y tenue brisa
nos hará esbozar una dilatada sonrisa.
domingo, 5 de marzo de 2017
Deambulando
Deambulaban
sin ningún rumbo fijo
por calles y plazas,
por puentes sobre ríos.
Iban por los mismos sitios,
incluso en los días coincidían,
pero, el encuentro no se producía.
Entraban en las mismas cafeterías,
el mismo metro tomaban
y aún así sin verse seguían.
El destino todo hacía
para que todavía
no se produjera el encuentro de los dos,
hizo un esfuerzo titánico,
ya que aquella pareja
se amaba desde un mundo anterior.
Aquellos dos seres vibraban
en la misma escala del amor,
por eso el destino los vigilaba,
y colocaba barreras alrededor.
Latían con tal magnitud
que en un descuido,
en un sitio que no era posible
ya que era una calle bulliciosa,
ella entraba por el norte,
él salía por el sur,
y sin previo aviso
los dos bruscamente se giraron
intuyendo que allí
algo muy importante estaba pasando.
Rápidamente los hados del destino
crearon un barullo
con lluvia incipiente
y con aires de torbellino,
para que no se encontraran los dos.
Aquellos enamorados
debían aprender por separado
con experiencias individuales,
y eso estaba así planificado,
el destino aguardaría
hasta la fecha exacta
para levantar las barreras
y así dar vía libre
para que pudieran reencontrarse.
Los hados estaban convencidos
que cuando eso ocurriese,
el estallido de amor
sería de tal magnitud
que era seguro que la onda
de aquel amor viajaría por el aire
y chocaría con la simiente
de alguna planta, la cual se modificaría,
naciendo, sin dudar, una nueva flor.
Poema incluido en Amores, desamores y alguna pesadilla.
viernes, 3 de febrero de 2017
El árbol imaginario
El
árbol imaginario
que
construimos
con
nuestro amor
se
está secando.
Ha
pasado el tiempo
y
sus raíces son superficiales,
no
han hondado.
No
se posarán los pájaros
en
sus ramas incipientes.
No
lo hemos cuidado.
Pasa
días sin agua,
sin
sentimientos desbordados,
sólo
lo embarga el frío
en
esa espera que lo desespera.
Nos
olvidamos de darle el calor
de
un sol de primavera
en
sus atardeceres nublados.
Tal
vez aún estemos a tiempo de revivirlo,
pero
hemos de ser sinceros.
Lo
nuestro no debe ser
como
un libro en una estantería,
cogiéndolo
de vez en cuando
o
sólo para adornar.
Nuestro
amor debe florecer
con
una explosión de colores,
de
deseos, de épicas pasiones.
No
debe ser una rutina,
sino
que nos sorprenda cuando nos miramos,
que
descubramos el uno al ver al otro
un
latido fresco y ardiente,
nuevo
y de ayer,
que
todo en nosotros se contradiga,
y
que de repente al aproximarnos
podamos
sentir el romper de olas
en
nuestro sereno mar.
Poesía incluida en el libro de poemas Inolvidable.
miércoles, 11 de enero de 2017
La sorpresa
Quería darle una sorpresa.
Su ponencia se había adelantado
un día, al parecer un conferenciante llegaba con retraso, con lo cual se retocó
la agenda. La alegría de pensar que volvía antes le hizo realizar una
exposición alegre, brillante, transmitió esa chispa en sus explicaciones.
Volvió el sábado por la mañana
tras aquel vuelo nocturno.
¡Qué ilusión traía!
Dejó el equipaje sin abrir en el
apartamento y se dirigió al centro de belleza que había en el centro de la
ciudad. Solía ir una vez al mes como mínimo.
Deseaba estar radiante. Hizo la
sesión completa, masaje terapéutico, cremas hidratantes, manicura, retoques en
el cabello,...
De vuelta al apartamento fue
sonriendo todo el tiempo pensando en su plan. Sabía donde estaría Jaime. Siempre
iban a comer los sábados al restaurante de la madre de él, así que se
presentaría ella de improviso y le daría a su prometido una inesperada llegada.
Después de enfundarse un nuevo
vestido que tenía reservado para una ocasión especial, se dirigió a su coche y
condujo de forma relajada con su música favorita.
De alguna manera tenía la
sensación de tener aquel día el poder de parar el tiempo y eso le daba un
embrujo de confianza que era formidable.
Se dijo a si misma: “Isa, eres
una triunfadora”.
El restaurante se encontraba a
unos diez kilómetros al sur de la ciudad, en la costa.
No tenía prisa, el tiempo estaba
de su parte y todo se estaba desarrollando como ella había planeado.
El corazón se le aceleraba a
medida que se acercaba al sitio.
Miró el anillo de compromiso que
le había regalado Jaime y tenía unos deseos tremendos de decirle a él que
tenían que dar un paso más en la relación.
No quería una boda espectacular,
pero si que fuera una fiesta para ellos dos, para las familias y por supuesto
también para los amigos de ambos.
Aparcó el coche a unos escasos
veinte metros pasada la entrada del restaurante. Al no ser la temporada
veraniega el parking estaba con pocos coches estacionados, si Isa lo hubiera
querido podía haberse puesto junto a la misma entrada, pero optó por situarse
en un punto desde el cual ella podía ver con toda claridad la entrada, pero por
el contrario su coche quedaba algo camuflado detrás de un seto, después de todo
deseaba con fervor poder dar una grata sorpresa a su prometido.
Vio como el coche de Jaime
aparcaba junto a la entrada.
Isa estaba impaciente por salir,
pero se mantuvo quieta, debía esperar a que él entrase.
Se quedó boquiabierta al
contemplar la mujer que bajó del coche de él, la conocía y sus referencias la
calificaban como de una mujer peligrosa, se llamaba Jana y ella misma se
denominaba a si misma como un espíritu libre.
Isa pensó que no tenía por qué
preocuparse, ya que Jaime estaba enamorado de ella y no tontearía con Jana,
después de todo ellos estaban prometidos.
La siguiente secuencia de
imágenes para Isa fueron surrealistas, por un momento pensó que su cerebro no
procesaba adecuadamente cada uno de aquellos fotogramas que sus ojos estaban
viendo.
¡Su prometido y aquella mujer
fatal además de besarse se estaban acariciando! Luego entraron en el
restaurante.
Isa sintió que se ahogaba, el
aire parecía no llegar a sus pulmones, pero no era lo único que no iba bien,
sus dedos le dolían y se dio cuenta de que estaba asida al volante con tanta
fuerza que tenía tres uñas rotas, pero la cosa no acababa ahí, las nauseas se
estaban apoderando de ella y como pudo abrió la puerta del coche en un intento
de volver a notar su respiración.
Comenzó a realizar ejercicios de
ventilación pulmonar, mientras su cuerpo intentaba vomitar en vano, ya que no
tenía nada en el estómago y una sensación de vértigo se apoderaba de ella, así
como los sonidos de las cosas los recibía a intervalos.
Tardo un buen rato en recobrar su
armonía.
Volvió a mirarse en el retrovisor
y vio que era otra mujer diferente a la de hacía unos momentos, en su rostro habían sendas
oscuras que bajaban desde sus ojos, sus labios estaban fatales, sin perfilar,
pintados grotescamente y su semblante era demacrado.
No obstante permaneció allí sin
moverse, no se atrevía a conducir, sus manos estaban temblorosas y su sentido
del equilibrio todavía no estaba recuperado.
Utilizó varias toallitas
desmaquillantes para volver a poner orden en su rostro, también se arregló las
uñas como mejor pudo y poco a poco recuperó el esplendido color natural de sus
mejillas, también volvió a un ritmo respiratorio adecuado.
Aquello no podía quedar así,
nunca le habían roto el corazón de aquella manera, no se lo merecía, tan sólo
había sido una enamorada bastante ingenua.
Andando se dirigió al coche de
Jaime mientras se quitaba el anillo de compromiso.
En un principio iba a dejar el
anillo puesto en el limpiaparabrisas, pero una oleada de odio surgió de su
interior y recorrió como una exhalación su cuerpo alcanzando su mente.
Sujetó con firmeza el anillo y
comenzó a pasar el brillante por el cristal delantero de aquel coche haciéndolo
de forma ondulada, repitió la operación dos veces más y luego prosiguió por el
resto de cristales del coche, pero aún así aquello no aplacaba la rabia que
sentía, con lo que cogió el anillo por el brillante y comenzó a rascar con el
aro del anillo el capó del coche, cuando se dio cuenta que aquello tampoco la
iba a aplacar levantó el limpiaparabrisas, metió el anillo en él y dobló la
varilla.
Montó en su coche y se alejó de
aquel sitio que hasta ahora para ella había sido idílico y ahora lo maldecía,
mientras sus ojos se nublaban con nuevas lágrimas que ella estaba atenazando
para que no surgieran, mientras sin darse cuenta apretaba las mandíbulas viendo
por el espejo retrovisor como el restaurante se iba empequeñeciendo a medida que
avanzaba hacia su casa.
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