viernes, 10 de mayo de 2013

Pamplona, 10 de Julio de 1929

La noche había pasado rápida.
Canciones, a capela algunas, otras acompañadas con guitarra, habían hecho que aquel variopinto grupo se sintieran hermanados, además no habían parado de comer jamón, queso, chistorra y en cuanto al vino, la cantidad de botellas vacías que se amontonaban en la trastienda daba una clara estampa de la ‘alegría’ y entusiasmo de los congregados.
Hasta aquella noche habían sido desconocidos entre ellos, sólo tenían en común sus vestimentas, la mayoría de blanco y con pañuelos rojos en el cuello.
El camarero les indicó que les podía servir la última ronda, la cual iba por cuenta de la casa.
Todos a una entonaron su nombre, añadiendo que era el mejor.
Al salir pudieron ver cómo la noche se disipaba con la luz del amanecer.
Ruth una de las mujeres tomó de la mano a un hombre y le susurró al oído que la acompañara al hotel.
El hombre la besó en los labios y le preguntó el nombre del hotel y la habitación, es que, añadió, ahora tengo que ponerme ropa limpia e ir al Gran Hotel La Perla, estoy invitado a ver el encierro desde el balcón de la habitación 217, después será un placer despertarte, palabra de Ernest.