lunes, 14 de julio de 2014

En la tormenta

Era una mañana de aire refrigerado,
de compactas nubes oscuras.
Los caminantes tempraneros,
jubilados de pasos polvorientos,
con ombligos convexos,
alentados por la brisa penetrante,
ágiles se movían
con sus uniformes
de entrenadores pokemon,
por paseos terrosos bordeando el mar.
Unos cúmulos encendieron
sus aspersores transparentes,
enviando esféricos racimos
de gruesas gotas de agua inquietas.
Al momento el polvo del suelo desapareció
atado por aquella limpia agua que caía,
que sin ninguna dilación se mezcló corriendo,
formando infinitas regatas de chocolate con vainilla.
Inmerso en sus pensamientos granates,
férricos, con una soledad cortante,
aquella persona con cubierta impermeable
contemplaba los visillos del cielo.
Era un tonto desahogo ver las nubes llorar,
en vez dicha persona 
de romper el llanto rancio aglomerado.
No tenía ganas, no,
la decepción era
como una segunda sombra
que le acompañaba,
sólo visible
en su almendrada mirada.
Testigo de errores, banalidades,
y de egoísmos melonares,
decidió no tener en cuenta
los esfuerzos sin reserva
que con su amor había dedicado.
Al recordar su amor
aquel ser se sintió liberado.
Raudas gotas saladas brotaron
que al suelo cayeron,
sin ruido, sin desconsuelo.
Tan sólo habían aflorado
después de sentir la desdicha
de no poder dar mágicas soluciones
a empinadas pendientes
por las cuales otros debían de ascender.
Un relámpago tronero
corto sus cavilaciones.
Sin saber si había sido una señal,
desconociendo si era afirmativo
o tal vez justo a su pensar,
la relatividad de las cosas
le explotó en su pensamiento.
Al igual que letras cayendo de un libro,
así lo vio,
quedándose las hojas limpias
para poder volver a emborronarse.
¡Por eso hay noches entre los días! Exclamó.
Asumió que en esos intervalos
podía decidir su comportamiento
para hechos venideros.
Ese ser sintió que había juzgado
de forma equivocada
hasta en la forma.
El resplandor amatista le sobrecogió,
pues esperaba un atronador sonido,
más ni un decibelio golpeó.
¡AMOR! Esa era la palabra
que tenía en su mente
cuando todo se iluminó.
Sonriendo
levantó su rostro al firmamento.
Infinitas y constantes gotas
empaparon su rostro
adentrándose entre los pliegues
de sus sintéticas envolturas.
Su alma brillaba
con luz violácea,
en aquel cuerpo empapado
de agua y alegría.
Se alejó dejando en la tierra
huellas pasajeras
de formas navales,
mientras deseaba
ver al mirar,
escuchar al oír
y amar al sentir.