martes, 2 de agosto de 2016

El día de la tormenta. (Cuento dedicado a todas aquellas personas que van de visita a hospitales, asilos o a centros similares...).


Aquella primavera me trajo un regalo que hasta bastante tiempo después, no fui capaz de valorar con exactitud la influencia de los días que pasé visitando aquel centro.

Tenía once años recién cumplidos y desde hacía tiempo había una rutina que realizábamos todos los domingos por la mañana, que era visitar a mi abuela en la residencia para ancianos donde estaba viviendo, solíamos ir mis padres y yo, mi hermano Alejandro como practicaba fútbol sala tenía el beneplácito de no asistir, ya que o bien tenía partido o debía estudiar y como estaba acabando el bachillerato necesitaba todo el tiempo posible para poder dedicarlo a sus trabajos, pero cuando teníamos vacaciones escolares mi voz aún infantil en esa época, recordaba a mis padres que él debía también de acompañarnos. Esas puntualizaciones me hacían ser merecedora de algún pellizco o empujón que no esperaba por parte de mi hermano, claro que me especialicé sólo como medida intimidatoria, en dar unos punterazos certeros en los tobillos, con lo que mi hermano por miedo a “lesionarse” me dejaba tranquila.

Hubo un domingo en el que mi madre estaba resfriada y se quedó en casa, mientras mi padre y yo asistimos a ver a mi abuela y así pasar la mañana con ella.

El centro lo teníamos a unos escasos catorce minutos en coche de donde vivíamos, estaba rodeado de naturaleza, de campos, de arboledas, las cuales me hubiera gustado explorar, pero no me dejaban, solíamos salir con la abuela a unos jardines que circunvalaban el sitio, había innumerables bancos para sentarse, algunos con sombra de árboles grandes y ruidosos cuando hacía viento.

La tormenta estalló nada más aparcar el coche, corrimos hacia la entrada bajo un enclenque paraguas que mi padre sujetaba con firmeza impidiendo que el agua lo doblara.

Hasta aquel entonces solía llevarme un libro, a mí me gustaban mucho las novelas, pero mi padre, un fiel observador del futuro, me “recomendaba” que sería productivo leer algún libro escolar, de alguna de esas asignaturas que tenían la fama justificada de ser como un hueso, que se tenían que roer y roer hasta que su constitución se pareciese a un merengue, cosa que nunca me ocurrió y eso que “roí” de forma esmerada, ni tan siquiera me gustaba ese empalagoso postre, supongo que le tomé manía desde las explicaciones de mi padre, ahora tras el transcurso de los años, por fin, alguna vez me he comido alguno por las fiestas de carnaval.

Mi abuela estaba en la puerta de la habitación intentando que alguien le ayudara.

-El ventanal -le dijo a mi padre. -No puedo cerrarlo.

La mujer dejaba todas las mañanas abierta las ventanas para que ayudase a ventilar la habitación, pero la lluvia al presentarse de esa forma había mojado todo el suelo y era un riesgo el intentar cerrarlas, había peligro de resbalar y más a una anciana octogenaria.

Aquellas ventanas no se abrían del todo, las tres estaban contiguas y permitían una abertura de unos cuarenta y cinco grados, más o menos, ese era mi cálculo después de haber estudiado el módulo de matemáticas que hablaba de ello.

Tras cerrar mi padre todas las ventanas se personó una asistente con su atuendo blanco y pulcro, a ver el alcance del desaguisado.

-Estamos cerrando todas la ventanas, sobre todo las de esta ala, que es por donde el viento empuja la lluvia de cara -dijo la mujer. -Ahora vendremos a recoger el agua que ha entrado. No te preocupes Teresa -le dijo a mi abuela.

Al no poder salir al exterior ya sabía lo que tocaba, debíamos ir al “circo”, así llamábamos al gran salón de aquel centro.

Había veces que algún espectáculo surgía en aquel salón, para mí era divertido en ocasiones, me dejaban jugar con ellos a la brisca, al cinquillo, aunque odiaba el atronador volumen que en ocasiones tenía el televisor, la mayoría de los presentes no escuchaban nada bien y además cuchicheaban entre ellos con un tono que me molestaba, con lo que nos solíamos sentar en las mesas más alejadas del televisor.

Los sonidos que procedían del televisor eran molestos aquella mañana, estaban retransmitiendo la última carrera de motos de la temporada, el titulo estaba en juego entre tres pilotos y los allí concentrados querían ver el desenlace, sobre todo los más interesados eran los visitantes.

-Me voy a dar una vuelta -le dije a mi padre, mientras él se sentaba con la abuela.

Asintió obligado por las circunstancias, de todas maneras yo no podía salir del recinto.

Me fui a mi lugar favorito, era al final de uno de los corredores de las habitaciones cuya pared era enteramente de cristal, desde allí podía ver una tierra plagada de viñas, de una perfecta alineación que ondulaban con los altibajos del terreno.

Al llegar me sobresaltaron las ráfagas de agua que golpeaban de imprevisto en el cristal, ese era el programa de televisión que tenía para aquella mañana.

-Me puedes ayudar -dijo una voz detrás de mí.

Era una mujer que trataba de sacar una silla de la habitación más cercana.

No es que pesara mucho la silla, pero siempre que había visto a la mujer se ayudaba para andar con un bastón, el cual me llamaba la atención, era de madera, pero por donde ella se agarraba era blanco con la forma de una ballena.

Pusimos la silla delante de la pared de cristal, a un lado.

-Hay otra silla en la habitación, puedes sacarla si deseas sentarte aquí.

No tenía mejores planes, así que entré a buscarla.

Su habitación me pareció totalmente diferente a la de mi abuela, tenía un mueble que parecía un escritorio antiguo y sobre él objetos que atrajeron mi mirada, el vistazo fue breve y saqué la silla.

La coloqué junto a la otra, donde la mujer ya se había sentado y yo hice lo mismo, tomé asiento en la silla que había llevado. Era cómoda, con reposabrazos, su madera al igual que la otra silla tenía un color de miel y era muy suave al tacto, el asiento y la espaldera tenían un tapiz que tendía al colorado con unas filigranas doradas, por momentos me parecía que estaba sentada sobre prietos cojines.

-Me llamo Silvia, ¿y tú? -me dijo con un tono voz que era profundo, como con eco, pero no era estridente, era muy nítido.

-Yo me llamo Irene, pero mis amigas me llaman Ene.

-Ja,já. Tu nombre es muy bonito, pero no sé porque dejas que te llamen así.

-Son nombres en clave, todas las amigas nos hemos acortado el nombre a dos sílabas como máximo , una se llama Lu, otra Mi, otra Ka, también tenemos a Iso, Pi, Ora.

Irene sacó un caramelo del bolsillo de su vestido y me lo lanzó, lo cogí al vuelo, en el envoltorio se leía con claridad que era de café con leche. Nunca había probado ese sabor y no sabía si me iba a gustar, no obstante lo desenvolví y me lo puse en la boca, al instante supe que su sabor me agradaba.

Irene se sacó otro caramelo del bolsillo y se lo comió.

-Tu voz me ha parecido diferente -le dije.

-¡Ah! Podría ser, a tu edad los sonidos como otras cosas las percibes perfectamente. Hubo un tiempo en el que trabajé en la radio, gracias a mi voz, anunciaba productos y en ocasiones trabajaba en unas novelas que se trasmitían a diario por la radio, entonces ese medio estaba en su apogeo.

A lo lejos las dos vimos un relámpago, me agarre con fuerza a la silla, pues sabía que acto seguido vendría el trueno, pero su sonido también fue lejano.

Estuvimos un buen rato en silencio contemplando la lluvia incesante que golpeaba el cristal.

-¿No viene nadie a verte los domingos? -le pregunté.

-Normalmente no, algún sábado viene una sobrina con su marido, me recogen y nos vamos a comer a algún restaurante. No tengo más familia que esté cerca.

-Pues nosotros venimos todos los domingos por la mañana.

-Y en días como el de hoy te debes aburrir, ¿verdad?

-Sí, como una ostra.

-Ja,já. ¿Cuántos años tienes?

-Voy para doce y el año que viene iré al instituto.

-Seguro que si, además debes llevar bien las asignaturas.

-Algunas son más fáciles que otras -le dije silbando las palabras. Todavía me acordaba de la clase de inglés del viernes, la profesora parecía triste al informarnos de las calificaciones del test que habíamos hecho la semana anterior, aunque yo lo había aprobado por los pelos.

El relámpago y el trueno casi fueron cogidos de la mano, no me lo esperaba, así que sorprendida salte de la silla.

-¡Vaya! La tenemos encima -dijo la mujer. -Vamos a la habitación, tal vez así estarás menos preocupada.

Entre las dos llevamos las sillas, una la pusimos al lado del escritorio y la otra delante mismo de él. En esa silla fue donde me indico que me sentara, mientras ella tomó asiento en la otra silla.

Del frontal del escritorio sacó dos maderas y bajó la portezuela del escritorio, el cual reposó sobre aquellas maderas, dejando a mi vista el interior.

Tenía un vaso con lápices y bolígrafos, también había sobres, papeles de colores y todo aquello olía a flores, había unos libros, tinteros, pero lo que más llamó mi atención fue una caja de madera que parecía un cofre de los que había visto en una película de piratas.

-Es mi tesoro -me dijo al ver que yo no apartaba la mirada del cofre. -¡Cógelo!

No dude ni por un instante, mis manos salieron disparadas a su encuentro.

Lo cogí y lo puse delante de mí.

Estaba hecho con una madera oscura, tenía dibujos labrados de soles, lunas y estrellas.

Por un momento me imaginé ser un pirata encontrando un tesoro, mientras mis dedos acariciaban los dibujos.

-¿No lo vas a abrir?

La miré sonriendo, sentí como me latía el corazón, todavía seguía pensando que era una pirata.

Levanté la tapa con cuidado, aguantaba la respiración mientras lo hacía.

Dentro había una serie de objetos que no se asemejaban en nada, pero también había unas joyas, cosa que debió iluminar mis ojos ya que la hice reír.

-Aquí guardo mis tesoros -me dijo entre risas.

Tenía mucha curiosidad, no entendía por qué aquellos objetos, que a mi parecer algunos eran corrientes, vulgares, podían ser parte de su tesoro, aunque...

Me pasó por la cabeza que aquella mujer podía estar un poco loca, a veces las gente mayor hace cosas raras, se olvidan de cosas y parecen niños, eso era lo que me decía mi madre y también mi padre, cuando trataban de explicarme algún hecho extraño que había realizado la abuela.

Sobresalía sobre los objetos una pluma de pavo real con sus vistosos colores, noté su tacto terso al pasar mis dedos sobre ella, pero, ¿seguro que era un tesoro?

-Esa pluma, junto con otras la llevaba en mi primera fiesta de disfraces, tan sólo tenía diecinueve años en aquel momento. Mi disfraz se basó en unos dibujos que había visto de la época del “Charlestón”, una manera de bailar que fue muy popular a principios del siglo XX. Llevaba un vestido de tirantes de color azul zafiro, una diadema del mismo color que el vestido con dos plumas del pavo real, un collar largo de perlas con una vuelta, medías y unos zapatos negros con tacón. Hice furor en aquella fiesta, fue mi primera fiesta y mereció la pena las horas que dediqué a confeccionarlo con la ayuda de mi madre, a partir de entonces se disparó mi popularidad, me invitaban a fiestas y los chicos empezaron a interesarse en mi persona, hasta entonces no me había hecho mucho caso, es increíble lo que hace el arreglarse y también como no, la energía de la juventud. Ya te llegará más adelante ese momento en el que quieres ser el centro de la atención de todos.

-Yo también me he disfrazado en el colegio, pero todos vamos iguales, con adornos de cartulinas y purpurinas. Este año nos pintamos la cara, unas rayas blancas y negras, debíamos parecer cebras y acabamos por parecer tableros de ajedrez.

-Ja,já. Pero, ¿te divertiste?

-Sí, sobre todo cuando empezamos en las filas a extendernos nosotros mismos la pintura de la cara. ¿Y las perlas de tu disfraz?

-No las guardé, no eran auténticas, me las puse alguna otra vez y después las regalé. Eso hacíamos las amigas, nos intercambiábamos cosas.

Dejé la pluma y me fijé en una piedra anaranjada. Con mucho cuidado la cogí.

-¿De dónde es?

-De Pétra.

-¿Y eso dónde está?

-Es una ciudad que está entre África y Asía, en la antigüedad tuvo mucho esplendor, por la ciudad pasabas las rutas de los comerciantes. Te gustaría verla, es totalmente de piedra, pero excavada en la misma montaña, con entradas esculpidas que parecen palacios, con columnas, figuras y dibujos lineales. Se llega a la ciudad a través de senderos entre la montaña. Allí llegamos en camello, me dolía el cuerpo cuando bajé de aquel animal. En aquel entonces ya estaba casada y fue un viaje increíble, todavía me parece ver aquellos fantásticos amaneceres y la grandeza de aquellas piedras. Cuando seas mayor intenta viajar siempre que puedas, descubrirás sitios que son una maravilla y sobre todo procura ir bien acompañada, aunque si vas sola tampoco pasa nada, siempre puedes encontrarte a ti misma.

-¡Vaya! Ya tengo ganas de ser mayor para ver ese sitio y también para ir a fiestas de disfraces. ¿Dónde fue tu fiesta?

-En el salón de una mansión.

-¿Una mansión?

-Sí, es una casa muy grande, como un castillo, pero sin almenas, ni torreones, ni con puente levadizo. Era la mansión de un Conde en aquel entonces, cada año celebraba una fiesta igual para celebrar la llegada de la primavera. Tenía unos jardines muy grandes, incluso tenía un laberinto de altos setos. La orquesta no paró en toda la noche de tocar. Había varios salones iluminados solamente por velas, y sin embargo se veía bien, había cientos de velas iluminando todo.

-¿Fuiste sola?

-No, nadie iba sola, fui con dos primas mías. Sólo se podía asistir con invitación. Fue una suerte que a mi tío lo invitasen, él nos llevó a las tres y nos vino a buscar cuando amanecía. Para mí fue como en un cuento.

-¿Tenías carroza?

-¡Qué va! Fuimos y volvimos andando. No sé la distancia exacta, pero tardamos unos cuarenta minutos en llegar y cerca de una hora cuando volvíamos. Al ir íbamos deprisa pero al volver no teníamos ninguna prisa, nos paramos para ver salir el sol y además entre risas fuimos explicando a mi tío como habíamos pasado la noche, le explicamos lo grandes que eran las lámparas, los salones, los tapices que engalanaban las paredes, la música, la intensidad de los perfumes de las señoras, mientras él se reía escuchando nuestras andanzas. Mis primas se llamaban Ester y Carla. Eran diferentes, es curioso como estando criadas igual, en el mismo ambiente y sin embargo cada una de ellas cuando fueron mayores eligieron caminos diferentes. Ester la mayor era meticulosa, calculadora, muy ordenada y por el contrario Carla era la soñadora, la bohemia, a la que le gustaba tumbarse en el prado y ver pasar las nubes imaginando figuras en ellas. Yo me llevaba bien con las dos, Ester me ayudaba con la gramática y las matemáticas, y con Carla aprendí a improvisar escenas de algún libro o de alguna película, tenía una gran sensibilidad y un sentido del humor que combinado con su inventiva hacía que ocurriesen cosas insólitas y divertidas. Me enseñó a montar en bicicleta cuando tenía nueve años, en una tarde, eso sí, me pelé las rodillas en las caídas, a mi madre casi le da un soponcio cuando me vio pasar pedaleando y con el vestido medio roto. Que gritos me dio cuando me curaba las rodillas. ¡Ja,Já! Siempre decía que Carla era una mala influencia para mí, pero fue todo lo contrario, a través de ella aprendí a ver las cosas de una manera diferente y disfrutar de todos los momentos. Una vez en la pared de madera de una vieja fábrica abandonada ató a uno de los tablones que estaba un poco suelto una cuerda y la tensó hasta la entrada, donde con un nudo la dejó en un saliente, la idea era que el tablón cuando quedase liberado de la cuerda volvería a su posición original dando un fuerte golpe. Nos pusimos pegadas a la puerta, el saliente con la cuerda quedaba tapado por ella, al momento llegó una amiga y nos preguntó que estábamos haciendo allí, mi prima Carla con una seriedad que asustaba le dijo que el fantasma de la fábrica estaba suelto y ella vigilaba junto conmigo la puerta para que no saliera, pero que nadie se pusiera en la pared ya que al no poder salir era casi seguro que intentaría alguna treta, no había nada más peligroso que un fantasma atrapado. La niña se llamaba Delfina y su padre tenía una tienda de telas. Nos miró y le dijo a Carla que eso se lo había inventado. Bueno, dijo mi prima, si no me crees ponte a mi lado y así sabrás si es verdad o no, aunque si tienes miedo no pasa nada, es normal, no es necesario que te pongas. No tengo miedo dijo Delfina y acto seguido se puso al lado de Carla. Sí, ya me doy cuenta, pero porque no te pegas a la pared, le dijo mi prima. En cuanto la niña rozó la pared con su espalda, Carla soltó la cuerda del saliente y el tablón golpeó la pared. Delfina pegó un saltó del susto, yo golpeé la puerta mientras que gritaba que el fantasma salía. La niña salió corriendo y gritando como una loca. Yo no había reído tanto en mi vida, volvimos a casa llorando de la risa. Esto pasó por la tarde y a la hora de la cena se presentó mi tío, el padre de Carla, habló con mi padre, el cual me castigó sin cenar y al otro día tuvimos que ir a pedir disculpas a la casa de Delfina, pero no salió como ellos querían, mi prima y yo al ver a Delfina nos entró la risa y no había manera de hacernos callar, estuvimos muchos días sin vernos, castigadas sin salir a la calle.

-Es una historia muy divertida.

-Menos para Delfina y su familia. A lo mejor es tarde y tu padre te está buscando.

-Seguro, ¿puedo venir otro día a saludarla?

-Por supuesto, no creo que me vaya de aquí.

Salí de su habitación con mi imaginación volando y con ganas de que la semana pasara deprisa, tenía ganas de conocer más tesoros y más historias de sus recuerdos.

Mi padre aún seguía con mi abuela en aquel salón, le expliqué que tenía una nueva amiga y que me contaba cuentos. Se alegró por mí y tras despedirnos de la abuela nos fuimos.

Las visitas a partir de entonces dejaron de ser rutinarias, deseaba impacientemente que llegaran los domingos para poder volver a ver a mi nueva amiga.