sábado, 9 de febrero de 2013

La excursión.

Soledad, silencio.
Así pensaba pasar el día.
Estaba subido en una de las innumerables composiciones rocosas del desierto de Arizona, desde aquella atalaya tenía un encuadre perfecto, delante de mí, una montaña tenía una ventana natural entre las piedras, de forma triangular, dejaba ver parte del desierto y a lo lejos se divisaba las crestas de otras elevaciones.
Me disponía a realizar la fotografía, cuando vi a una mujer por el objetivo de mi cámara.
La muy insolente me iba a romper la estética del momento, ni si quiera me había visto, me daba la espalda, gritaba, saltaba y hacia aspavientos al desierto.
No me lo podía creer.
Sin embargo no dudé en tomar la instantánea, la energía que desprendía esa mujer en sus acciones me atraía.
Decidí bajar al instante e intentar conocerla.
Aquello debía ser lo mejor que le había pasado a aquellas inmóviles piedras en mucho tiempo, bueno, y a mí.