martes, 9 de abril de 2013

Los recuerdos de un amigo

Una vez hablando con un amigo y recordando cosas de cuando éramos pequeños me contó lo siguiente:
Cuando recuerdo mi niñez, me siento transportado a aquella época dónde mi preocupación principal era que los demás niños no me hicieran el vacio, después la seguía que la hija del sargento de la Guardia Civil me mirase, yo la miraba sonriendo, la mayoría de las veces ella me devolvía la sonrisa, pero no siempre me invitaban a las fiestas de cumpleaños, tampoco querían venir a jugar a mi casa.
En la escuela corría y saltaba como los demás, pero no era suficiente, bailaba el trompo mejor que ninguno y sin embargo costaba que me dejaran jugar con ellos.
-Madre, ¿Por qué los niños no quieren ser amigos míos? –le preguntaba una y otra vez.
-No les haga caso, seguro que cuando seas más grande tendrás más de uno –eso me decía, pero ya tenía siete años y me sentía solo.
Los domingos acudíamos a la iglesia a escuchar la primera misa, temprano, muy temprano para mí, apenas había parroquianos, no entendía el por qué de tanto madrugar, si podíamos acudir al mediodía, como hacía todo el mundo, así vería a compañeros de la escuela y podría ser que nuestros respectivos padres se saludasen e intentar conversar, hacer lo que fuera necesario para tener amigos.
A casa sólo venían unos tíos míos con sus repelentes hijas, primas mías y mayores que yo, siempre me preguntaban lo mismo, ¿No tienes miedo? ¿Duermes bien? ¿Oyes algo? ¿Ha visto algo extraño? Un domingo al mes venían, a veces a comer.
Mi padre trabajaba casi todos los días, al lado de casa, dentro del mismo recinto amurallado, siempre iba con su pico y con su pala, yo como me aburría lo seguía y veía como quitaba malas hierbas, zarzas o arreglaba el muro, a veces me dejaba amasar el cemento y colocar alguna que otra piedra, también en otras ocasiones cavaba zanjas.
Todo aquello en aquel tiempo lo veía normal, era lo que había visto desde que nací, fue al año siguiente cuando me di cuenta que mi problema con los demás era la profesión de mi padre, así me lo dijeron unos chiquillos, hartos de mis ruegos por jugar con ellos a la pelota.
-Tu padre es el enterrador, vivís en el cementerio y nos das miedo –me soltaron a bocajarro.
Entonces comencé a unir todas las situaciones, y me di cuenta del miedo que tenía la gente a la muerte y las frases que decía mi padre (que a mí siempre me parecieron tonterías) comenzaron a tener sentido, en muchas ocasiones solía decir:
-¡Alguien lo tiene que hacer! Yo no quiero que se muera nadie, pero…, tampoco quiero que me falte trabajo.