martes, 4 de marzo de 2014

Licor clandestino

El resplandor de las llamas iluminaba la oscura noche sin luna, era visible a varias millas a la redonda. Sabía de antemano que eso podía llegar a ocurrir y aquella noche estaba aconteciendo, era el precio que tenía que pagar por no acceder a vender el licor que destilaba al grupo de Chicago, les había dicho que no, querían una rebaja en los precios, mi contestación les sorprendió, les dije que si lo querían más barato se lo hicieran ellos. Ahora estaba viendo su respuesta con el clamor del fuego. Lástima de cobertizo, la de botellas que había llenado en aquel lugar. Me habían hablado de lo salvajes que eran en Chicago, pero no me imaginé que tanto. Mi Jane (que era como llamaba a mi alambique) era pasto del fuego, junto con todo lo demás. No tenía producto hecho, hacía tres días que había vuelto de haber vendido la producción en New York.  Mi licor era bueno, muy bueno, y eso tenía un valor y un prestigio reconocido, la clave era la moderación del grado alcohólico y su refinada elaboración. Podía alejarme más de Chicago, pero me encontrarían, la fama de mi licor me precedía. Sólo tenía tres opciones:
1) Ir a hablar con el mandamás de aquella escoria y llegar a un acuerdo, desventajoso para mí.
2) Pedir protección a los grupos de Louisiana, Florida o New York, lo que me supondría un alto coste.
3) Parar de fabricar y alejarme de aquellos contornos.
El maizal que separa la casa del cobertizo proyectaba unas largas sombras que llegaban al porche, casi me alcanzaban, parecía que deseaban entrar dentro de la casa.
-¿Qué hacemos Athur? –me preguntó Terézia. Estaba en su noveno mes de embarazo, sus movimientos eran pausados, costosos. 
Lo tuve claro en aquel momento. Debíamos irnos.
-Ponernos a salvo –le dije con dulzura, al mismo tiempo que le besaba la mejilla. 
Entré y preparé lo imprescindible para llevarnos. Cargué la camioneta y nos alejamos de aquel lugar. Tenía dinero, procedente de las ventas de la semana anterior y de lo que había estado guardando. 
Hasta ahora las autoridades de aquel condado no se habían percatado de aquella destilería, pero ahora lo buscarían para reclamar su parte. 
Tomé rumbo al norte, donde no me buscarían, no se les ocurriría pensar que iba a pasar cerca de Chicago, luego me desviaría al este, cuando Terézia diera a luz y pasado un tiempo prudencial nos iríamos al oeste, a Los Ángeles, buscaría un local con la vivienda encima y allí veríamos que podíamos hacer.
Hacía veinte días que habíamos celebrado el comienzo del año 1925, sabiendo que nuestras vidas cambiarían, pero sólo habíamos pensado que el cambio se debería a la llegada del bebé y ahora… Bueno, los dos estábamos bien y juntos.
Terézia se apoyó en mí, tapada con una manta buscaba sentirse cómoda para dormirse. En su estado debía conducir con cuidado y tendría que hacer bastantes paradas, pero no me importaba. Nos cambiaríamos los apellidos, había uno que me gustaba, Newman, supongo que mi parte judía lo encontraba idóneo. Luego pensé en los nombres que me había dicho ella para el bebé, si era niña le gustaba Rachel y en niño deseaba llamarlo Paul, Paul Leonard, el segundo nombre era el de su abuelo. En cuanto entrase en el estado de Michigan giraría hacía al este y más tarde al sur, y nos quedaríamos en Ohio.
 Eso iba pensando mientras avanzábamos solitariamente por aquellos parajes, en aquella inquietante noche.