lunes, 11 de marzo de 2013

El abrazo (para Karmen).

La tarde era calurosa, gracias a la suave brisa que provenía de las montañas daba una sensación térmica no tan acentuada, los árboles se mecían y los sonidos que me llegaban de su forzado baile me atraía, deseando sentirme movído por el aire.
Sin pensármelo me acerqué a un frondoso y alto cerezo, cerré los ojos y agudicé el oído, el viento al pasar entre sus ramas producía un sinfín de sonidos.
Más, deseaba sentir más, abracé al árbol y me quedé unido a él.
Mis manos notaban su piel agrietada, áspera, aquel árbol era verdaderamente viejo, tenía algún trozo terso, pero en seguida palpaba nudos, e inicios de ramas que no se desarrollaron.
Vibraba todo él, cuando el cambiante viento lo movía con ráfagas repetitivas.
No sé cuánto tiempo estuve cogido al árbol, posiblemente me dormí de lo relajado que estaba.
Antes de separarme le hablé, como se debe de hablar, con el corazón, le dije: Te he sentido, he oído la música que produce el aire entre tus ramas, ha sido muy grato, gracias por permitírmelo.
Poco a poco me aparté y por un breve instante me dio la sensación de que el aire se moderaba, se paraba, parecía que el árbol se había aliado con el viento para que yo pudiera disfrutar de sus naturales sonidos.
Estaba situado en un pequeño prado, cercanos se encontraban otros árboles frutales, a una distancia prudencial para que sus ramas no se tocaran, carecía de valla aquel terreno, pero no muy lejos había una casa de campo, al observarla pude apreciar que un hombre venía de allí hacia mí.
-Buenas tardes -me dijo cuando llegó dónde estaba.
-¡Hola! -le respondí, embelesado por el paisaje, llegó más rápido de lo que pensaba.
-Es un sitio tranquilo ¿verdad?
-Sí, lo es, me he entretenido escuchando el viento.
-Jajá, lástima, porque tengo que cortar este cerezo.
-¿Por qué? Es un árbol grande y debe dar buenas cerezas.
-De las mejores, picotas, pero como dice es grande, más que grande, viejo. El pobre ya no da frutos y se está muriendo, me da pena porque siempre he llenado cubos de frutos, pero ya ha llegado a su fin.
-¿Qué hará con la madera?
-La mayoría irá a la chimenea, aprovecharé hasta su madera, ha sido un magnifico árbol. Lo cortaré la semana que viene.
-Le importa si vengo a verlo, bueno, también le puedo ayudar.
-Por supuesto, me vendrá bien una ayuda, gracias. Mi nombre es Antonio.
-Encantado, me llamo Tomás -nos saludamos con un apretón de manos.
-Pues Tomás te espero el sábado a las diez.
-Aquí estaré, nos vemos, adiós.
Me alejé tranquilamente, paseando, contento por haber conocido a Antonio y algo entristecido por saber que al cerezo le quedaba una semana.
Tal vez le podría pedir un taco del tronco, como recuerdo, podría usarlo de pisapapeles, de adorno, no sé, no deseaba olvidarlo, tal vez me lo dé, tal vez…